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CARTA DE EPICÚRO A MENECEO.

  • Valentina
  • 6 sept 2021
  • 5 min de lectura

Actualizado: 23 jul 2025

"Hay que recordar que el futuro no es nuestro ni del todo no nuestro, para así no abandonarnos completamente a la esperanza de qué será ni tampoco desesperarse de que sea". - Epicuro

El llamado de atención que nos hace el alma cuando la mente inconsciente interfiere puede llegar de formas inesperadas, pero siempre con mensajes contundentes. Entonces se abren dos caminos: elegir el significado que te ayude a ser más feliz o victimizarte y seguir autosaboteándote.


Albert Einstein decía: “Puedes vivir de dos maneras: como si todo fuera un milagro o como si nada lo fuera".

Y en esta obsesión en la que solemos vivir —entre el pasado, el presente y el futuro— la mejor forma de integrarlos es comprendiendo que todo lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos, es un milagro. Un milagro no necesariamente sobrenatural, sino una invitación a detenernos y mirar con los ojos del alma aquello que escapa a la lógica, pero no al sentido. La palabra milagro viene del latín miraculum, de mirari, que significa “maravillarse”. En el fondo, un milagro es eso: el asombro que brota cuando lo cotidiano se reviste de lo divino.


El verdadero milagro no siempre es lo espectacular, sino lo esencial: el latido que continúa, la palabra que sana, el impulso que conmueve, la mano que acompaña. Porque cada acto de amor, cada decisión consciente, cada renuncia por dignidad, ya es un pequeño milagro. Cuando elegimos ver la vida desde el asombro y la gratitud, entendemos que los milagros no llegan: se reconocen.


Por eso, para crear, he elegido creer y en esa medida, crecer porque creer que el significado de las cosas no está en lo que sucede, sino en lo que hacemos con lo que sucede. Es, de una u otra forma, lo que moldea el futuro. Porque son nuestras creencias las que dan sentido a todo lo que vivimos, percibimos y experimentamos. Nada tiene un significado hasta que se lo das: el arte, una canción, una película, las experiencias; todas confirman que hay tantas verdades como perspectivas. Y, en la búsqueda de la verdad, a veces terminamos creyendo más mentiras.


De niños soñamos con ser lo que imaginamos, confiamos en lo que sentimos. Jugábamos bajo la lluvia, desnudos de juicios, y creíamos que el mundo era un terreno posible. No conocíamos los límites del futuro ni el peso de la ansiedad. Pero llega un momento en el que nos hacen olvidar lo que éramos. ¿Por qué? Porque empiezan a crecer, a creer y a crear por nosotros. Y cuando te das cuenta, ya te comportas como se supone que debe hacerlo un adulto: silencioso, obediente, desconectado del corazón. Un adulto que, muchas veces, es solo el reflejo de un niño herido que nunca aprendió a barajar sus cartas. Pero a la larga, es la partida que toca jugar por aburrimiento, por diversión o por obsesión a aprender a barajarlas.


Crecemos y sustituimos la alegría por la apariencia. Nos centramos en alcanzar un éxito material, sin advertir que ese solo será verdadero si antes alcanzamos el éxito espiritual. Nos dijeron que debíamos ganarnos la vida, como si no fuera nuestra ya por el solo hecho de existir. Y así, aceptamos definiciones ajenas de lo que “debe ser” en vez de defender lo que realmente sentimos como cierto.


Y poco a poco, nos convertimos en acumuladores de vacíos. Los síntomas aparecen. El cuerpo habla. Y tratamos de llenar los huecos con lo que no sana: distracciones, cosas vanas, placeres efímeros. Pero la mente tiene un poder profundo, y todos los placeres verdaderos residen en ella: en lo que hay y en lo que ella decide pensar.


Creo, profundamente, que todo esto tiene una razón de ser. El común denominador de todas nuestras acciones parece ser uno solo: la búsqueda de la felicidad. Pero, ¿por qué? Porque muchas veces no hacemos lo que queremos o debemos. Y entonces, en lugar de vivir desde el deseo, empezamos a llenar el vacío con placeres artificiales que responden a la herida y nos dejan a la nada consciente de sí misma. Y aun así, ¿acaso la nada puede ser pensada sin ya haber algo?


Nos adaptamos a formas de vida que no nos pertenecen y nos resignamos creyendo que esa es la vida que nos tocó vivir. Sin aceptar que la vida es exactamente como deseamos vivirla.

"La visión de la vida solo llega a ser clara cuando miras tu corazón. El que mira hacia afuera, crece, pero quien mira hacia adentro, despierta. - Carl Jung

Y en esa atravesía de vivir, tras cada elección debemos aprender a enriquecer la mente, cultivar el cuerpo y nutrir el alma. Porque si dejamos que los placeres externos se arraiguen, no lograremos jamás coincidir en el camino hacia una felicidad genuina. El exceso de placer, incluso de bondad, puede desmoronar el mundo interior, privar a la mente de su poder, y lo peor: dañar el alma.


Y sin embargo, también creo que todo puede transformarse. Incluso el dolor. Incluso la muerte. Sí, incluso la muerte puede ser una aliada del despertar. Porque es el recordatorio más real de que estamos vivos. El agente que nos obliga a cambiar, que retira lo viejo para dar lugar a lo nuevo. La muerte lo desvanece todo: los miedos, las expectativas, el orgullo, la nostalgia, y deja solo lo esencial. Frente a ella, lo importante se revela.


Quizá por eso, si cada mañana recordáramos con serenidad que algún día vamos a morir, dejaríamos de vivir con el miedo constante a perder. La muerte —como decía Epicuro— no nos pertenece: mientras existimos, ella no está; y cuándo ella está, ya no existimos. No es un enemigo, sino un límite natural, el punto final de la sensación. Por eso, no está ni en los vivos ni en los muertos: es una ausencia que revela lo valioso de la presencia.

Y esa no-experiencia que, al contemplarla sin temor, nos invita a vivir con más conciencia, más gratitud y más libertad. Y por eso, cada amanecer es un milagro. Cada día es una nueva oportunidad para preguntarte con templanza:


¿Es esto digno del tiempo irrepetible que me ha sido dado?

Esa es la pregunta que deberíamos hacernos tras cada acción que nos pone a tomar una elección, para que nos permita erradicar el miedo, y vivir en la presencia de nuestra consciencia. Porque si la respuesta es no, entonces aún estás a tiempo.

A tiempo de detenerte, de observar con honestidad tu camino, de soltar lo que no nutre y abrazar lo que enciende. Cada instante que reconoces como verdaderamente tuyo es un punto de inflexión, una grieta luminosa por donde puede abrirse la oportunidad al cambio. La vida buena —como enseñaba Epicuro— no necesita de la eternidad para ser plena. No se trata de cuánto dure, sino de con cuánta presencia la habites. Porque cuando te inspira un propósito verdadero, tus pensamientos se liberan del miedo, tus talentos florecen sin esfuerzo y las posibilidades se expanden como horizontes abiertos.

Y entonces lo recuerdas: que todo lo que fuiste, lo que eres y lo que será; es, fue y será siempre un milagro en este instante que decides habitar con verdad.


 
 
 

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