LA EDUCACIÓN COMO MÉTODO DE INNOVACIÓN QUE COADYUVA A TRANSFORMAR LA VIDA.
- Valentina
- 22 jul 2025
- 4 min de lectura
Actualizado: 24 jul 2025
Por Valentina Pérez
Comencemos con algo sencillo: primer semestre de Derecho, clase de Civil Personas. Aún recuerdo a mi profesor, Carmelo del Cristo —sí, con ese nombre tan simbólico como su enseñanza—, quien me dijo: “Para que exista el derecho, debe existir una vida, o por lo menos una expectativa de ella.”
Esa frase me marcó. ¿Cómo hablar de normas, de justicia, de deberes y derechos, si no entendemos la vida misma? ¿Cómo transformar realidades, si no hemos transformado nuestra propia forma de concebir lo que somos?
Fue entonces cuando comprendí que la educación no puede reducirse a un simple medio para sobrevivir o generar ingresos. Es, en esencia, un camino hacia la transformación interior, una ruta que nos conduce al despertar de la conciencia y al encuentro con el verdadero propósito. Y ese encuentro, muchas veces, no depende de lo que estudiamos, sino de cómo lo habitamos.
Lo esencial no es alcanzar un título universitario, sino permitir que aquello que estudiamos nos revele y nos moldee en lo que verdaderamente somos. Porque más allá del reconocimiento externo, es la educación la que nos ofrece la posibilidad de realizarnos en el sentido más profundo: habitar nuestra esencia. La clave no reside en el diploma, sino en la travesía; en cómo cada paso del camino nos transforma, en cómo nos despojamos de lo superfluo para emerger, poco a poco, en nuestra forma más auténtica.
Nuestra vida no solo se escribe con normas, principios y reglas. También se compone de silencios. De lo que hacemos y, a veces con mayor peso, de lo que decidimos no hacer. La existencia se construye entre actos y omisiones, entre presencias y ausencias. Somos, en efecto, los arquitectos de nuestra realidad. Pero es a través de la educación que podemos ir más allá: convertirnos en innovadores de nuestra propia existencia.Esto no lo comprendí únicamente en las aulas ni en los libros, sino en el estudio del Derecho —esa ciencia de la vida normada—, donde entendí que tanto la acción como la omisión poseen un poder transformador: el de sancionar o redimir, de limitar o expandir.
“No solo somos responsables de lo que hacemos, sino también de lo que dejamos de hacer.” —Molière
Platón decía que la educación permite al ser humano superar el sentido común, trascender la realidad sensible y llegar a lo inteligible. Es decir, pasar del mundo de lo aparente al mundo del verdadero significado. Y esa fue mi experiencia.
Debo confesar que al principio no sabía qué estudiar. Mi alma, vasta y versátil, se debatía entre arquitectura, filosofía, ingeniería química, medicina. Pero cuando elegí el Derecho, entendí que no fue una decisión lógica, sino una elección del alma. No lo hice por deber, lo hice por una convicción: encontrar una forma justa de equilibrar la perspectiva de mi vida. Tan amplia como el derecho, tan dinamica con la vida.
En ese camino, me enamoré de la justicia. Mi primer amor fue el Derecho Penal. Pero fueron la historia y la filosofía las que me enseñaron que la educación debía ser un método de transformación, no de sobrevivencia. Aprendí que educarse es vivir conscientemente, cuestionar lo aprendido, entender el sentido de las lecciones, incluso las más dolorosas. Porque la vida misma es una escuela de trascendencia, y todo aprendizaje tiene un propósito mayor si sabes encontrarlo.
Elegir estudiar, elegir aprender, debería estar siempre vinculado al deseo de superar miedos, descubrir talentos, desarrollar dones, sanar heridas, construir empresas o servir a otros. Si transformáramos nuestra visión sobre la educación, los trabajos dejarían de ser espacios de estrés y obligación, para convertirse en lugares seguros, creativos, inspiradores, donde el conocimiento se convierte en libertad y no en prisión. Porque lo te hace feliz es la vocación, no la ambición. La primera te lleva a la voluntad de servir; la segunda a la voluntad de dominar y extraer.
A lo largo de mi formación, aprendí también que quien solo sabe de Derecho, no sabe nada. Por eso me defino como una abogada universal: aquella que es capaz de ver el Derecho con una mirada panorámica, desde lo humano, desde lo espiritual, desde lo holístico. Porque la justicia sin compasión es fría. Y el conocimiento sin alma, esn estéril.
Una frase que escuchaba a menudo en la universidad era: “Todo el mundo quiere estudiar Derecho”.
Y yo pensaba: quizás no es una locura.
Tal vez, en ese anhelo colectivo hay un deseo profundo de encontrarle sentido a la vida o de hacernos justicia. Si alguien no sabe qué estudiar, yo le diría: estudia Derecho. No porque debas ser abogado, sino porque podrías encontrarte a ti mismo en ese camino. Podrías escuchar los ecos antiguos de los primeros codex que aún viven en nuestra cultura. Quizá, allí descubras el propósito, que entre historias y arquetipos se revela.
Y en ese espacio de conocerme para respetarme, motivarme y poner al servicio del mundo mi vocación, en una de las clases del curso “Aprende a hablar en público de manera creativa”, hicimos un ejercicio de improvisación: inventar una carrera que no existiera. Yo propuse el Derecho Holístico. No sabía si ya se había hablado de ello, si existía formalmente o no. Pero para mí, si lo holístico subyace en la vida, y el Derecho nace de la vida, entonces es inevitable que exista. ¿Qué sería el Derecho sin vida? ¿Y qué sería la vida sin su dimensión holística?
Lo que el Derecho ha hecho en mí ha sido revolucionario: me ha entregado una herramienta de transformación constante, una forma de innovar mi propia existencia, de crecer, de cambiar, de evolucionar. Y eso, para mí, es educación. Porque educarse no es acumular diplomas, es comprender que el paso inexorable del tiempo nos llama a trascender y a crecer. Por todo esto, decidí que mi vocación es ser precursora del Derecho Holístico. Porque estoy convencida de que la educación, cuando es verdadera, nos transforma. Porque si alguien no sabe qué estudiar, le diría sin miedo: estudia Derecho, aunque solo llegues al sexto semestre. Al menos, te garantizo que en ese trayecto vas a encontrar algo más valioso que un título: vas a encontrar tu propio designio.
Y quizá, solo quizá, descubras —como yo— que la justicia no es una profesión, es un ideal con destino. Aunque suene a quimera.





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